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22.4.11

Alice in Martiniland

Recuerdo esas fiestas de antaño...
Ellos se sentaban en el suelo, con copas y copas de vinos y distintos alcoholes, rodeados de mujeres hermosas con pestañas postizas y mucho rubor, que se veían empujadas hacia ellos por una terrible verborragia, y así se llegaba a los amaneceres.
Yo, espectadora desplazada hacia el margen, bebía de a largos sorbos de mi vaso sin fondo, y a cada trago mi pequeñez aumentaba.
Yo era una especie de Alicia, todos sus amigos eran invitados. La noche, el sombrerero loco, nos convidaba con sus modales y encantos. Y él... él era el conejo.
Yo lo seguía por los bares, casas, callejones sin salida... me escabullía por las puertas más pequeñas, con gran dificultad, persiguiéndolo.
Alocado, con su reloj a cuerda atrasado, congelado, sacudía mi mente y me ponía obstáculos a sortear.
Mil y un cuentos podría escribir sobre las trampas,  los castillos miniatura a los que debía entrar, las pociones que debía tragar entonces, los acertijos que tuve que adivinar...
Pero así todo parecía valer la pena.
Jugar al cricket a ocultas, con cabezas de padres o maestros, casi profanando cada rincón del bosque; tomar té con pastillas de sacarina, y hacer planes... Planes de escape, a nuevos mapas, a otros mundos, a viejas islas con o sin tesoros.
El mundo era el tablero de juego ideal para nuestras reglas; lo único que debía hacer era seguirlo, y lo demás se haría solo.
Cómo renunciar a la fusión de mi planeta de colores y su tierra de cristales aterciopelados?
Y por eso en aquellos momentos ya no me importaba si mi vestido se rasgaba, si mis zapatos se embarraban, si mi cabello se enredaba...
Porque cualquier lugar  era bueno mientras estuviera él.




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