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14.9.11

Me metí en la catastrófica Buenos Aires.
Fui, por unos segundos, un instante, quizá menos, la monstruosa Buenos Aires.
Adornada con toda su belleza arquitectónica, alumbrada con todas sus luces por sus taxis en movimiento; colgada con miles de puentes, llena de vida, de gente, de personas internas caminando dentro de mí de un lado a otro, con miles de historias secretas, con miles de historias anónimas...
Pero al llegar al  vano de tu casa me sentí más Buenos Aires que nunca, tan sucia, tan impura, tan merecedora de tan, tan poco.
Tan contaminada, tan cansada, tan abrumada por el humo, tan hastiada de tangos y corrupción...
Al lado de tu pulcritud, una extraña sensación de pureza emanaba de tus poros; se traslucía en cada uno de tus cabellos al dorado del sol como una carta, como un dedo acosador, que además de inculparme me abrazaba, me buscaba, me estrujaba y me besaba con ansias.
Me enmarañaba en pensamientos toscos, torpes, y formulaba preguntas estúpidas sin respuesta.Y te tenía ahí, echado a mi lado, en la quietud insólita de una tarde de Miércoles que parecía dominical, piadosa, redentora...
La bestia trataba de devorarme, exaltada por la sed de sangre. Me envolvía entre sus garras mientras miraba en el reflejo transparente de tus ojos, que me atravesaban como miles de dientitos finos y filosos;  tu boca se entreabría invitándome al perdón, excusándome de mi suciedad.
Te merecía tan poco, tan poco... Y sin embargo te tenía allí, rogándome a fuerza suave de apretones de mano, de suspiros en mis oídos.
Y dejarme era tan tentador.

Salí unos minutos a tomar aire; y en el vano de aquella puerta me dejé: miré en todas direcciones y cerré la puerta apresurada. El perfume de tus palabras siempre logra agitar mi sangre.

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